Habitualmente, el hipo desaparece por si solo y no necesita tratamiento
módico. Existen multitud de “trucos caseros” para detenerlo:
por ejemplo, no respirar durante algún tiempo,
hacerlo dentro de una bolsa de plástico, o beber pequeños
sorbos de agua fría.
Estos remedios se basan en el hecho de que,
al aumentar la concentración de C02 en la sangre,
el hipo suele desaparecer, lo mismo que cuando se estimula la faringe.
La existencia de tantas y tan diversas medidas obliga a pensar
que no existe ninguna definitiva.
Cuando los ataque sean muy persistentes o debiliten
a la persona afectada, suele emplearse un medicamento neuroléptico,
la clorpromazina, por vía oral o parenteral, para combatirlos.
En casos extremos, y por fortuna excepcionales, puede ser preciso
recurrir a la anestesia general para frenar el hipo.
También se ha recurrido al aplastamiento de uno de los nervios frénicos;
sin embargo, esta medida puede dejar como secuela una parálisis
irreversible de uno de los hemidiafragmas. En estas ocasiones,
suele ser conveniente buscar la causa del hipo,
pues su tratamiento hará desaparecer las crisis.